Con siete años vine de Montreal a España y no sabía que era eso del fútbol; sólo sabía pegar a una especie de palo y jugar a un deporte llamado Hockey que mis nuevos amigos españoles no habían oído en la vida. El caso es que ellos jugaban a una cosa que que consistía en pegarle a una pelota con los pies. La verdad es que siempre se me han dado bien los deportes y en poco tiempo el fútbol se convirtió en una de mis pasiones. Me explicaron que había diferentes equipos y que el Real Madrid era el mejor equipo de España, de Europa, del mundo….
Mi padre, además de valiente emigrante (no creo que en los años 60 hubiera más de 100 españoles en Montreal) era un español extraño (no le gustaba el fútbol). Un día mi tío me dijo que era del Atlético de Madrid. Si más, ese día decidí asociarme con mi tío y hacerme del Atlético (o sería porque esos colores rojiblancos me recordaban a los Canadiens) a pesar de que mis amigos decían que el Real Madrid era el mejor equipo del mundo.
Y ahí comenzó ese camino de alegrías y penas. Yo era feliz con mi camisa del “Aleti” como castizamente se dice a pesar de que mis amigos madridistas se metían conmigo, pero yo aguantaba toda la tarde con mi camiseta de algodón más orgulloso que nadie tras soportar y contrarrestar, con algún aliado, los “ataques” (tampoco sería para tanto, éramos niños) madridistas.
Y ese niño fue creciendo, echando sus primeras lágrimas de rabia e impotencia cuando nos robaron vilmente la Liga del 81, volviéndose a tragar la rabia cuando nos robaron A Hugo Sánchez después de ganar la Copa del 85, el primer triunfo que veía. Pero que tenía muy claro lo que significaba el Atlético: lucha, fe, humildad ante el débil, arrogancia ante el fuerte, poesía… en resumen, Grandeza.
Bueno, podría contar mil historias más, pero ese Aleti, y el de Pereira y Leivinha, y el de Marcos y Rubio, y tantos y tantos, se está echando a perder en los últimos años llevando al equipo al pozo más profundo.
Éste año parecía que volvíamos a remontar y volvíamos a tener posibilidades de jugar competición europea. Así que el sábado el día del gran partido contra el Celta de Vigo nos fuimos Diego y yo al Calderón (Estadio del Atlético de Madrid). Diego, mi niño de 4 años no se quita su camiseta del Aleti ni para dormir.Y jugaron tan mal y han perdido con tan poca dignidad que le he dicho que podía hacerse de otro equipo; mejor, incluso del eterno enemigo Real Madrid. La respuesta ha sido “no”, y acto seguido ha continuado enarbolando la bandera de su equipo y cantando “Aleti, Aleti”. Le ha faltado decirme “ESTAS TONTO”. Benditos 4 años, pero la verdad, no quiero que pase lo que últimamente estamos pasando.
El domingo que viene es nuestra última oportunidad de jugar en Europa. Ya os contaré.
Mi padre, además de valiente emigrante (no creo que en los años 60 hubiera más de 100 españoles en Montreal) era un español extraño (no le gustaba el fútbol). Un día mi tío me dijo que era del Atlético de Madrid. Si más, ese día decidí asociarme con mi tío y hacerme del Atlético (o sería porque esos colores rojiblancos me recordaban a los Canadiens) a pesar de que mis amigos decían que el Real Madrid era el mejor equipo del mundo.
Y ahí comenzó ese camino de alegrías y penas. Yo era feliz con mi camisa del “Aleti” como castizamente se dice a pesar de que mis amigos madridistas se metían conmigo, pero yo aguantaba toda la tarde con mi camiseta de algodón más orgulloso que nadie tras soportar y contrarrestar, con algún aliado, los “ataques” (tampoco sería para tanto, éramos niños) madridistas.
Y ese niño fue creciendo, echando sus primeras lágrimas de rabia e impotencia cuando nos robaron vilmente la Liga del 81, volviéndose a tragar la rabia cuando nos robaron A Hugo Sánchez después de ganar la Copa del 85, el primer triunfo que veía. Pero que tenía muy claro lo que significaba el Atlético: lucha, fe, humildad ante el débil, arrogancia ante el fuerte, poesía… en resumen, Grandeza.
Bueno, podría contar mil historias más, pero ese Aleti, y el de Pereira y Leivinha, y el de Marcos y Rubio, y tantos y tantos, se está echando a perder en los últimos años llevando al equipo al pozo más profundo.
Éste año parecía que volvíamos a remontar y volvíamos a tener posibilidades de jugar competición europea. Así que el sábado el día del gran partido contra el Celta de Vigo nos fuimos Diego y yo al Calderón (Estadio del Atlético de Madrid). Diego, mi niño de 4 años no se quita su camiseta del Aleti ni para dormir.Y jugaron tan mal y han perdido con tan poca dignidad que le he dicho que podía hacerse de otro equipo; mejor, incluso del eterno enemigo Real Madrid. La respuesta ha sido “no”, y acto seguido ha continuado enarbolando la bandera de su equipo y cantando “Aleti, Aleti”. Le ha faltado decirme “ESTAS TONTO”. Benditos 4 años, pero la verdad, no quiero que pase lo que últimamente estamos pasando.
El domingo que viene es nuestra última oportunidad de jugar en Europa. Ya os contaré.